¿Por qué hoy ya no se exige que los dos litigantes lleven ropa de igual nivel, si se trata de una obligación?
Si la Torá teme que la ropa de un litigante rico influya al juez, ¿por qué hoy no se impone igualdad de vestimenta?
¿Por qué hoy ya no se exige que los dos litigantes lleven ropa de igual nivel, si se trata de una obligación?
La túnica del rico y los harapos del pobre: el secreto de la vestimenta igualitaria en el palacio de la justicia
Un dayán se encuentra en el corazón del beit midrash y observa a los litigantes que entran ante él. La escena hiere los ojos: a un lado aparece un hombre inmensamente rico, envuelto en una prenda carísima cuyos tejidos irradian lujo, poder e intimidación; frente a él se encuentra un pobre cubierto de ropa gastada que delata su pobreza y su corazón quebrado. El Shulján Aruj está abierto delante de nosotros y la ley clama: «Con justicia juzgarás a tu prójimo». ¿Cómo puede el corazón permanecer recto y el ojo no inclinarse a favor del rico —o quizá sentir una compasión excesiva por el pobre—? Sin embargo, la realidad de nuestras generaciones parece contradecir la regla explícita: en batei din de todo lugar entran litigantes vestidos de maneras muy distintas, y nadie les ordena: «Vístete como él o vístelo como tú». ¿Dónde quedó la obligación completa que brota de «aléjate de la falsedad»? ¿Hemos renunciado, jas veshalom, a establecer el din sobre su fundamento, o existe aquí un secreto profundo de exilio y redención, de vestidos de carne y de vestiduras de la Shejiná? Emprendemos un recorrido desde las profundidades de la Guemará en Shevuot hasta los secretos del Bnei Yissaschar para comprender cómo funciona la justicia en un mundo en el que, a veces, la ropa habla más fuerte que las palabras.
Desde el silencio de la espera en el beit din entramos en las fuentes sagradas que trazan la senda de la verdad pura. Allí descubrimos que el vestido no es sólo una cobertura del cuerpo. Es una forma de comunicación que puede influir en la mirada del dayán y en toda la atmósfera del juicio. «Con justicia juzgarás a tu prójimo» (Levítico 19:15). Este versículo de parashat Kedoshim no es únicamente una orden técnica sobre el resultado de la sentencia. Exige crear un espacio espiritual en el que la verdad pueda aparecer sin pantallas ni distorsiones. De aquí aprendieron nuestros Sabios que los litigantes deben recibir un trato igual en todos los aspectos.
Rashi (Levítico 19:15) explica la igualdad requerida: «Que no esté uno de pie y el otro sentado; que uno no hable todo lo que quiera mientras al otro se le dice: acorta tus palabras». La vestimenta forma parte del mismo lenguaje. Los vestidos hablan por la persona antes de que ella abra la boca. Si uno aparece con una túnica magnífica y el otro con harapos, la igualdad se ha alterado antes incluso de comenzar el argumento.
Rabí Abraham Ibn Ezra entiende la palabra «tu prójimo» como una alusión a la igualdad entre las personas. El juez debe pensar al otro como alguien igual a él. Una diferencia exterior muy visible puede hacer más difícil sostener esa igualdad interior; el vestido puede convertirse en una pantalla entre el dayán y el deber de ver a ambas partes como seres de igual dignidad.
Rambán explica que la justicia depende de la mirada del juez. El dayán debe cuidarse de honrar indebidamente el rostro de una persona importante. En la práctica, ese «honrar el rostro» puede comenzar al ver ropas impresionantes. «Con justicia juzgarás» exige entonces neutralizar factores externos capaces de despertar una reverencia indebida hacia el litigante rico.
Sforno explica que la justicia debe ser «justicia completa» y que además debe aparecer como justa ante todos. La igualdad de vestimenta no protege sólo la mente privada del juez. También protege la apariencia pública de la justicia. Si la comunidad ve a un litigante rodeado de lujo y al otro vestido con harapos, incluso una sentencia perfectamente correcta puede dejar de verse como justa.
Kli Yakar amplía la idea y explica que la Torá teme la inclinación del corazón. El juez puede otorgar respeto inconsciente al rico por sus ropas. El vestido caro puede funcionar como un soborno visual muy fino. «Con justicia juzgarás» exige quitar esas influencias externas para que pueda emerger la verdad pura.
De los versículos descendemos al mar del Talmud, donde el principio se convierte en norma concreta.
Shevuot 31a trae la fuente explícita: «¿De dónde sabemos que cuando dos llegan a juicio, uno vestido de harapos y otro con una túnica de cien maneh, se le dice al rico: vístete como él o vístelo como tú? De “aléjate de toda palabra falsa”». La Guemará enseña un principio extraordinario. La desigualdad extrema de vestimenta no es sólo un problema estético. En determinados casos entra en el mundo de la «falsedad». El rico que aparece en esplendor frente a alguien vestido de manera degradante introduce una imagen de superioridad en el salón de justicia.
La Guemará cuenta también que Rava bar Rav Huna ordenaba a los litigantes quitarse cierto calzado antes de entrar al din. La finalidad era disminuir la jerarquía visible. Un zapato distinguido puede elevar a una persona física y socialmente; él buscaba que ambos litigantes permanecieran sobre el mismo suelo.
Rashi sobre Shevuot 31a explica el motivo de «aléjate de la falsedad»: «Éste parece rico y éste pobre, y existe razón para sospechar que el juez favorecerá al rico, o que el pobre se intimidará ante él y no podrá formular sus argumentos». Rashi identifica dos peligros. El primero está en el alma del juez, que puede quedar deslumbrado por el dinero. El segundo está en el alma del pobre, cuya voz puede ahogarse delante del brillo de su adversario. La vestimenta igual busca no sólo proteger al juez, sino liberar al débil de la vergüenza y permitirle defenderse con firmeza.
El Rosh (Shevuot, cap. 4, simán 2) trae la Guemará como halajá y subraya que la responsabilidad recae sobre el beit din. No se trata únicamente de un gesto amable del rico. El tribunal debe impedir que un contraste extremo contamine la audiencia. Si el rico se niega tanto a vestirse como el pobre como a proporcionarle una ropa digna, el dayán puede necesitar postergar el juicio hasta que se neutralice el desequilibrio.
El Talmud de Jerusalén, Sanhedrín 3:9, trae en nombre de Rabí Yishmael: «Se le dice: vístete como él o vístelo como tú». La expresión «como» indica que no es necesaria una prenda idéntica. Lo decisivo es el nivel general y el significado social. Mientras una parte proyecte una superioridad visual extrema sobre la otra, el ambiente de justicia está alterado.
Tosafot (Shevuot 31a, s.v. ejad) pregunta por qué esta ley no se aplica cada vez que dos personas se visten de manera distinta. Responde que la Guemará trata de una diferencia extrema —como una túnica de cien maneh frente a harapos—. Jazal no pretendió imponer un uniforme a todo litigante. Buscó evitar una situación en la que la ropa se convierta en protagonista y la persona quede anulada detrás de ella.
De la Guemará pasamos a los Rishonim, que convierten la enseñanza en halajá precisa y empiezan a explicar el cambio de costumbre.
Rabí Eliezer ben Natán, el Raaván, al comentar Shevuot, coloca un fundamento importante para la práctica posterior. Escribe que hoy no se acostumbra aplicar la regla de manera literal, porque la Guemará se refería específicamente a una prenda extraordinaria de cien maneh. En nuestra época, las diferencias ordinarias de vestimenta no generan necesariamente el mismo temor de parcialidad. Según el Raaván, todo depende de cuán excepcional sea la ropa. Sólo un vestido astronómicamente caro y rarísimo, capaz de deslumbrar al juez o aterrorizar al adversario, activa plenamente la norma original. Cuando las diferencias se mantienen dentro de lo socialmente normal, no asumimos que distorsionarán el din y por eso no obligamos a cambiarse.
Rambam (Hiljot Sanhedrín 21:1–2) codifica la regla con fuerza: cuando dos litigantes se presentan, uno con ropa cara y el otro con ropa degradante, se le dice al distinguido que vista al otro como él o que se vista como el otro hasta que ambos queden iguales, y sólo después se procede al juicio. El contraste entre «ropa cara» y «ropa degradante» es importante. El problema no es el precio por sí mismo, sino una desigualdad humillante. Si uno conserva su dignidad y el otro aparece visiblemente rebajado, el espacio ya no es suficientemente igualitario.
El Rosh repite la regla del Talmud y coloca la responsabilidad sobre el dayán. «Aléjate de la falsedad» obliga al juez a proteger el proceso frente a una desigualdad visual evidente. A diferencia del Raaván, el Rosh no declara expresamente que la ley haya dejado de aplicarse en generaciones posteriores; eso deja espacio para entender que el principio sigue plenamente vigente donde exista una disparidad verdaderamente extrema.
El Tur (Joshen Mishpat 17), siguiendo al Rosh, codifica la norma con una formulación cercana a Rambam: uno vestido con prendas honorables o caras y otro con ropa degradante. De aquí aprendemos que si ambos llevan ropa normal y respetable, aunque uno esté algo mejor vestido, no hay obligación de igualarlos. La preocupación comienza cuando la ropa establece una jerarquía de «respetado» frente a «humillado».
De los Rishonim pasamos a los Ajaronim, que lucharon por reconciliar la norma explícita con la realidad práctica de los batei din.
Rabí Yehoshua Falk Katz, el Sema (Joshen Mishpat 17:3), sigue al Raaván y explica la práctica leniente: mientras la ropa del litigante pobre no sea realmente degradante, el hecho de que sea más barata que la del otro no basta para exigir igualdad. El umbral es alto. Si el pobre viste de manera normal y socialmente aceptable, aunque el rico vista con mayor elegancia, no asumimos automáticamente que el din quedará torcido.
El Sema cita en nombre del Maharshal la dolorosa expresión de que «no tenemos fuerza para establecer el din en su plena forma», porque las personas ricas e influyentes pueden resistirse a la coerción. Dentro de esa realidad práctica, el juez debe al menos decir claramente al litigante débil que no tema y debe adoptar medidas activas para preservar su seguridad y su capacidad de hablar.
Rabí Yoel Sirkis, el Baj (Joshen Mishpat 17), discrepa fuertemente de una leniencia excesiva. Busca devolver la norma a su fuerza original y escribe que incluso una ventaja visual menor —como un calzado especialmente distinguido— puede requerir igualación. Trae apoyo de la Tosefta y del Yerushalmi y sostiene que no hace falta reproducir exactamente el extremo de «cien maneh». En su opinión, la falta de aplicación posterior refleja más una debilidad histórica que un cambio real de halajá. El dayán debe esforzarse por eliminar incluso ventajas visuales menores capaces de inclinar el corazón.
Rabí Shabtai HaKohén, el Shaj (Joshen Mishpat 17:1), trae al Raaván y determina conforme a la costumbre leniente: hoy generalmente no aplicamos la norma porque la Guemará habló de una túnica extraordinaria de cien maneh, mientras que las diferencias de ropa normales no suelen despertar el mismo temor de inclinación judicial. Según el Shaj, «aléjate de la falsedad» se aplica conforme al significado social de la vestimenta. Si la sociedad está acostumbrada a ciertas diferencias, esas diferencias pueden dejar de poseer la misma fuerza psicológica.
Rabí Yonatán Eybeschutz, Tumim (Joshen Mishpat 17:2), explica igualmente que «ropa cara» significa una vestimenta de lujo excepcional. La ropa simplemente respetable, aunque claramente superior a la del otro, no reproduce automáticamente el caso talmúdico. La preocupación comienza cuando el lujo mismo se convierte en un mensaje aplastante de poder social.
Rabí Yosef Teomim, Pri Megadim, enfatiza un punto ético incluso allí donde la aplicación externa se debilitó. Aunque el beit din no obligue al rico a cambiar de ropa, el juez sigue plenamente obligado a mostrar rostro igual, paciencia igual y respeto igual. La regla externa puede ser más difícil de imponer, pero la exigencia interior de «con justicia juzgarás» permanece intacta.
De los Ajaronim llegamos a autoridades posteriores, que enfrentan la dificultad moral de la práctica leniente y descubren también una dimensión teológica profunda.
Rabí Rafael Yosef Hazán, Jikrei Lev (Joshen Mishpat 11), formula la pregunta evidente: ¿cómo podemos justificar «no tenemos fuerza para establecer la ley» por temor a los ricos? ¿No dice la Torá «no temeréis ante ningún hombre»? Explica que no se trata de miedo personal del dayán, jas veshalom, sino de evaluación de la realidad comunitaria. Un líder puede entender que imponer con rigidez una práctica que el público no acepta llevará a litigantes ricos a abandonar los tribunales de Torá y acudir a instancias ajenas, produciendo un daño mayor. «No temeréis ante ningún hombre» exige valor, pero el liderazgo exige también la sabiduría de conservar el marco completo de la Torá.
Rabí Tzvi Hirsch Shapira, en Darkei Teshuvá, explica que en sociedades posteriores la ropa se convirtió en parte central de la identidad social. Obligar a una persona a cambiar su vestimenta normal y digna por harapos puede, en sí mismo, alterar su capacidad de presentar el caso. En épocas antiguas el vestido podía ser un lujo exterior; hoy cierta presentación respetable forma parte de la posición humana básica. Si humillamos deliberadamente a un litigante al vestirlo con ropa degradante, también podemos dañar «con justicia juzgarás».
Rabí Tzvi Elimelej Shapira de Dinov, Bnei Yissaschar, citando a Rabí Menajem Azariah de Fano, eleva toda la cuestión desde el tribunal humano hasta el Trono de Gloria. Ve en esta ley una fuente de esperanza para Knesset Israel. Por nuestros pecados, nuestras vestiduras quedan rojas y manchadas, mientras que el Santo, bendito sea, es descrito metafóricamente como vestido de blanco como la nieve. Cuando Dios nos llama: «Venid y razonemos juntos», se coloca, por así decir, frente a Israel en un juicio. Puesto que el «litigante rico» celestial viste pureza luminosa e Israel se encuentra en los harapos del pecado, la regla de igualdad se convierte en una súplica: si uno está vestido con esplendor y el otro con vergüenza, que el rico vista al pobre como él. Así pedimos que Hashem retire nuestras ropas manchadas de pecado y nos vista con la blancura del perdón y la expiación.
El Rishon LeTzion Rabí Yitzjak Yosef, en Ein Yitzjak, analiza la aplicación en nuestros días. Incluso allí donde la costumbre es leniente respecto del vestido literal, el juez debe ser extraordinariamente cuidadoso con un lenguaje igual y una actitud igual. La obligación original de «aléjate de la falsedad» pasa, por así decir, de la tela al corazón. Si no se puede igualar la ropa, debe igualarse la relación de manera tan completa que el rico no se sienta elevado y el pobre no se sienta degradado.
Mi maestro Rabí Asher Weiss, en Responsa Minjat Asher, analiza Rambam y Baj y explica que el núcleo de la ley es impedir una «ventaja procesal». En nuestro tiempo, la igualdad se logra mediante escucha igual, tiempo igual, seriedad igual y escrutinio igual. Aunque el tribunal no ordene cambiarse de ropa, no puede permitir que una parte hable más por su supuesto prestigio ni silenciar a la parte débil. Ambos deben quedar bajo la misma vara de la verdad de la Torá.
De estas fuentes obtenemos varias aplicaciones prácticas.
La primera se refiere al deber del dayán de igualar su trato. Puesto que la práctica posterior no suele obligar a cambiar de vestimenta, el peso de la responsabilidad recae todavía más sobre la conducta judicial. El dayán debe redoblar sus esfuerzos: mismo tono, misma paciencia, mismo tiempo para hablar, misma seriedad. Si la ropa no es igual, debe crear igualdad a través de su actitud para que el pobre no se sienta debilitado y el rico no se sienta elevado.
La segunda aplicación se refiere al litigante rico. Aunque el beit din no lo obligue a vestirse como el pobre, una persona temerosa de Dios debería tomar en serio la preocupación del Baj. Lo correcto es presentarse con ropa modesta, normal y respetable, sin exhibición ostentosa que intimide a la otra parte. Ésta es una forma de jasidut dentro del din: alejarse del mensaje falso del estatus y permitir al adversario mantenerse erguido.
Una tercera aplicación trata de una disparidad realmente extrema. Incluso conforme a la práctica leniente, si uno llega con ropa verdaderamente degradante que provoca asco o una compasión abrumadora mientras el otro aparece en lujo exagerado, puede volver con toda fuerza la regla original. El dayán no debe ignorar una diferencia que hace difícil un juicio equilibrado. Puede necesitar pausar, proporcionar al pobre una vestimenta más digna o neutralizar de otra manera la disparidad antes de continuar.
Una cuarta aplicación se relaciona con la advertencia del Maharshal de que «la mano de los ricos es fuerte». El dayán debe estar atento a presiones sutiles. Si percibe que la apariencia del rico crea una especie de inmunidad psicológica o intimida a testigos y a la parte contraria, debe utilizar su autoridad para restablecer el equilibrio, tranquilizar al más débil y mostrar activamente que el estatus no tiene peso en el din de la Torá.
La quinta aplicación surge del Bnei Yissaschar. La tefilá misma es una especie de comparecencia ante el Rey y el Juez. Por ello la persona debe vestirse respetuosamente para rezar: «Prepárate para encontrarte con tu Dios, Israel». Al comparecer con dignidad ante el Rey despertamos la súplica de que Él retire nuestras vestiduras manchadas y nos vista de blanco, con perdón y kapará.
De las aplicaciones prácticas pasamos al sentido profundo de la ropa en el juicio. La lucha por la vestimenta igualitaria no es sólo buena administración o prevención formal de parcialidad. Toca la concepción de verdad de la Torá y la manera en que la verdad logra aparecer en este mundo.
La ropa en el judaísmo no es una cobertura técnica. Es declaración de identidad. Cuando la Torá invoca «aléjate de la falsedad» en relación con los vestidos, enseña que pueden ser símbolos poderosos y convertirse en instrumentos de engaño. En un mundo fragmentado, la ropa crea barreras y clases; cuenta historias de riqueza, poder e influencia. El tribunal, en cambio, debería ser el lugar donde el hombre se presenta, espiritualmente hablando, despojado de sus capas ante la verdad pura. La exigencia de igualdad de ropa es, en el fondo, una exigencia de quitar las cáscaras externas. La Torá dice al rico: quita la túnica que cuenta al mundo tu éxito material y párate como un alma igual a tu hermano pobre, porque en el beit din no existe dueño último salvo el Santo, bendito sea.
La cuestión revela también el vínculo entre ver y juzgar. El ojo es puerta hacia el corazón. Incluso el mayor dayán sigue siendo carne y sangre y puede recibir influencia de lo que ve. La «falsedad» de la que nos alejamos incluye la falsedad de la imagen. Una ropa cara crea un aura de credibilidad y competencia; una ropa gastada puede despertar lástima o sensación de poca importancia. La justicia de la Torá pretende neutralizar esas impresiones. La vestimenta igual es una forma de obligar a la escena exterior a alinearse con la realidad profunda en la que ambos litigantes tienen igual derecho a ser escuchados, independientemente de su cuenta bancaria.
Otra idea se refiere al combate entre materia y espíritu. La expresión posterior «no tenemos fuerza para establecer el din en toda su forma» no es sólo debilidad técnica. Refleja la profundidad del galut: un mundo en el que la apariencia exterior se volvió tan central que resulta difícil separar la identidad humana de ella. La disputa entre autoridades estrictas y lenientes forma así parte de una lucha mayor por devolver al espíritu soberanía sobre la materia. La exigencia de ropa igual recuerda al mundo que debe existir al menos un lugar donde el vestido no determine al ser humano: el tribunal de la Torá.
En el plano psicológico, una ropa magnífica puede funcionar como armadura. Una persona puede utilizarla para esconder debilidad o establecer una dominación artificial. Cuando los Sabios dicen al rico «vístete como él», le piden una avodá de humildad y quebrantamiento interior. Debe soltar un ego encarnado en sus ropas y presentarse delante de la verdad tal como es, sin títulos y sin envoltorios. La dificultad moderna para separar identidad y símbolos de estatus muestra cuán profundo es el sometimiento a la imagen. La lucha por la vestimenta igual es también lucha por la libertad interior.
En el plano de la emuná, la cuestión expresa «He puesto a Hashem frente a mí siempre». Quien sabe realmente que se encuentra delante del Juez de verdad comprende que la marca, el tejido y la imagen social no tienen peso alguno delante de Él. El beit din se vuelve un laboratorio de fe: allí la persona prueba que confía más en la fuerza de su verdad interior que en la fuerza de una apariencia impresionante. Quien se aferra obsesivamente a su «túnica de cien maneh» puede revelar, en cierta medida, inseguridad respecto de la fuerza de su verdadero argumento.
La enseñanza de Bnei Yissaschar acerca del pleito celestial entre el Santo e Israel añade una dimensión conmovedora de esperanza. El «litigante rico» de arriba, por así decir, viste al pobre con ropas semejantes a las suyas. La ley de la vestimenta igualitaria se transforma en acto de misericordia dentro del juicio. Incluso cuando estamos cubiertos por los harapos del pecado seguimos perteneciendo a la blancura divina. La capacidad del dayán abajo para mirar al pobre como igual al rico refleja la emuná de que toda neshamá contiene una chispa divina sin importar su envoltorio material.
Desde esta profundidad entramos al terreno moral.
El primer principio es sensibilidad a la dignidad del pobre. La diferencia de vestimenta en el tribunal no es sólo un problema de neutralidad jurídica. Puede herir el alma. Un rico que se presenta en esplendor frente a alguien en harapos puede hacerlo sentir borrado, ahogar su voz y utilizar poder económico como ventaja psicológica. La justicia moral requiere más que igualdad formal; exige proteger la confianza y la capacidad de hablar del litigante débil.
El segundo principio es responsabilidad de liderazgo. Las palabras del Maharshal y del Baj sobre la dificultad de imponer la norma frente a ricos poderosos exponen un dilema doloroso: ¿debe el líder ceder en la implementación completa para preservar el sistema, o insistir incluso al precio de romper los recipientes? La lección moral es que el líder debe ser sabio sin acostumbrarse jamás a la distorsión. Incluso cuando la realidad obliga a una concesión en la ropa, el dayán debe seguir luchando por igualdad mediante otros caminos. Es una moral de búsqueda constante de verdad dentro de un mundo imperfecto.
La tercera enseñanza se refiere a la modestia en el litigio. Quien entiende la gravedad de comparecer a juicio debería presentarse sin exhibir poder. La verdadera dignidad no necesita una túnica deslumbrante. El rico moralmente sensible baja voluntariamente la intensidad de su apariencia externa para no intimidar a su adversario. Esta es una conducta más allá de la letra estricta del din, nacida del reconocimiento de que la justicia comienza en la relación humana incluso antes de que hable el juez.
Finalmente, Bnei Yissaschar enseña una moral de misericordia. Si queremos que el Santo practique con nosotros «vístelo como tú», debemos practicarlo abajo. Nuestra brújula moral debe orientarse a elevar al débil y no sólo a exigirle soportar reglas frías. La moral judía es una moral de elevación: el fuerte asume responsabilidad por la dignidad y la posición del débil, creando una sociedad en la que verdad y jesed se encuentran.
Después de este recorrido por la ley de la vestimenta en el beit din volvemos a la vida común con una comprensión más amplia. La ropa no es sólo cobertura. Es embajadora del alma, y somos responsables de que esa embajadora no difunda falsedad.
En la vida diaria, igualdad y justicia comienzan con la mirada. Cuando encontramos a alguien debemos esforzarnos por quitar mentalmente la túnica del estatus o los harapos de la pobreza y escuchar el alma que habla debajo. Toda persona merece ser vista y escuchada por su propio valor, no por el vestido que lleva. También conviene adoptar modestia en el espacio público y evitar exhibiciones innecesarias que intimiden o creen distancia. Debemos utilizar nuestra posición para elevar al otro y darle dignidad y pertenencia. Cuanto más logremos crear una especie de «vestimenta igual» en nuestras relaciones, más podrán habitar entre nosotros la verdad y la Shejiná.
Lo esencial:
¿Por qué no solemos exigir hoy que ambos litigantes lleven ropa igual, aunque la Guemará deriva esa obligación de «aléjate de la falsedad»? La respuesta surge de los caminos de la halajá desarrollados por Rishonim y Ajaronim. El Baj protestó contra la debilidad de la práctica y quiso aplicar la igualdad incluso a diferencias visibles menores. El Raaván, el Shaj y el Sema, en cambio, explicaron que la regla talmúdica se dirigía principalmente a una disparidad extrema, como una túnica extraordinariamente cara frente a harapos degradantes. En las diferencias ordinarias de vestimenta respetable de nuestro tiempo no se presume que la influencia psicológica sea igual de intensa, y por eso los batei din no suelen obligar al público a cambiarse.
El Maharshal añadió la dolorosa dimensión de que los tribunales posteriores a veces carecen de poder práctico para forzar a litigantes ricos e influyentes, lo que despierta el desafío moral de «no temeréis a ningún hombre». Sin embargo, aun cuando la ropa física no se iguala, la obligación no desaparece. Se desplaza hacia dentro: el dayán debe conservar igualdad esencial mediante paciencia igual, escucha igual, palabra igual y respeto igual, y el rico lleva la responsabilidad moral de no utilizar su apariencia como poder psicológico.
Y en el plano más profundo, Bnei Yissaschar transforma la ley en plegaria de esperanza. Nos presentamos delante del más rico de los «litigantes», el Santo, bendito sea, cubiertos con las ropas manchadas del pecado, y Le pedimos que cumpla con nosotros «vístelo como tú»: que quite nuestras vestiduras sucias y nos envuelva en la blancura de la nieve, del perdón y de la expiación, para que nuestro juicio salga a la luz.