Si un lugar no puede pecar, ¿por qué necesita expiación?
La conducta humana no se queda encerrada dentro de quien la realiza. Cambia habitaciones, hogares, equipos, comunidades y relaciones. El desprecio repetido puede convertir una casa en un lugar inseguro para decir la verdad; el miedo constante puede moldear una oficina; la generosidad también puede convertirse en ambiente. El lenguaje de la Torá sobre purificar un espacio sagrado invita a preguntar no sólo “¿qué hice?”, sino “¿qué clase de ambiente creó mi conducta?”. Reparar puede exigir cambiar patrones, lenguaje, normas y el clima emocional en el que ahora viven los demás.