¿Por qué golpeamos el corazón durante la confesión si el pecado se hizo con las manos, la boca o los ojos?

En Yom Kipur decimos “Por el pecado...” y golpeamos el pecho, cerca del corazón.
Solemos tratar las faltas sólo en el nivel de la conducta: hablé mal, me enojé, perdí tiempo, herí. Pero detrás de una conducta que se repite suele haber una raíz más profunda.
¿Por qué necesito hablar de otros? ¿Por qué toda crítica me hace explotar? ¿Por qué necesito aprobación constante? ¿Por qué no puedo estar cinco minutos sin una pantalla?
Maimónides describe la teshuvá como algo más que cambiar acciones aisladas. Incluye cambiar nuestros caminos y alejarnos de la ruta que produjo la falta.
A veces seguimos podando ramas mientras nos negamos a tocar la raíz.
Una persona puede prometer cien veces “no me voy a enojar”, pero si toda su identidad depende de no sentirse nunca despreciada, el enojo encontrará otra puerta.
A veces la teshuvá más profunda no es prometer “nunca más haré esto”, sino tener el coraje de preguntar: ¿qué hay dentro de mí que necesita tanto esta conducta que sigo volviendo a ella?