¿Qué cambiaría si nos aceptáramos como pedimos que Dios nos acepte?
La aceptación personal suele confundirse con justificarnos. Pero responsabilidad y odio hacia uno mismo no son lo mismo. Una persona puede reconocer un fracaso con honestidad, reparar lo que sea reparable y, al mismo tiempo, negarse a convertir una sola equivocación en la definición completa de quién es. Cambiar resulta más difícil cuando la vergüenza dice “esto es lo que eres”, porque la identidad empieza a sonar como una condena. El trabajo profundo consiste en sostener dos verdades: lo que hice importa, y aun así soy más que lo peor que he hecho.