Ayer fuimos ángeles. Hoy, seamos seres humanos.

Ayer pasamos horas en la sinagoga. No comimos ni bebimos, nos alejamos del cuerpo, vestimos de blanco, confesamos y rezamos. Durante un día intentamos vivir casi como ángeles.
¿Y hoy? Hoy tomamos un martillo, cargamos tablas, compramos sejaj, construimos una sucá y regresamos a la cocina, la familia, el trabajo y la vida cotidiana. Tal vez éste sea uno de los cambios más profundos del calendario judío. La Torá no nos deja en Yom Kipur. Pocos días después llega Sucot: “El día quince de este séptimo mes será la festividad de Sucot, siete días para el Señor” (Levítico 23:34).
El objetivo del judaísmo no es convertirnos en ángeles. Un ángel no tiene hijos que pongan a prueba su paciencia, una cuenta bancaria que le preocupe, un cuerpo que se canse, una casa que administrar ni otra persona con la que aprender a convivir. Al ser humano se le pide tomar lo que encontró envuelto en su talit en Yom Kipur e introducirlo en la vida ordinaria.
Es más fácil sentirse santo cuando no hay comida, negocios, teléfonos ni rutina. La gran pregunta es qué queda de esa santidad cuando volvemos a comer. Quizá por eso, inmediatamente después de Yom Kipur, empezamos a construir una vivienda temporal precisamente dentro del mundo material.
Ayer intentamos ser ángeles. Hoy comienza una tarea más difícil y más grande: ser seres humanos que comen, trabajan, aman, se irritan y luchan, y dentro de todo ello no olvidan a la persona que ayer encontraron delante de Dios.