“Comprenderían su final”: ¿por qué hacemos lo que sabemos que lamentaremos?

Sabemos mucho más de lo que vivimos. Sabemos que el tiempo es breve, que el enojo daña relaciones, que la salud exige disciplina y que los hijos crecen rápido. Sin embargo postergamos, nos acostumbramos y decimos: después.
Haazinu dice: “Si fueran sabios… comprenderían su final” (Deuteronomio 32:29). La sabiduría no es sólo saber que habrá un resultado. Es darle a ese resultado una voz en el presente.
El futuro siempre habla más bajo que el presente. La comodidad es ahora. El enojo es ahora. El trabajo es ahora. El precio parece lejano, y por eso menos real. Hasta que un día ese futuro llega y decimos: yo sabía.
La tarea no es predecir el futuro. Es preguntar antes de elegir: si sigo así, ¿adónde me llevará? ¿Qué me pediría hoy la persona que seré dentro de un año?
No esperes a comprender tu vida mirando hacia atrás. Trae un poco de la perspectiva del futuro a la decisión de hoy.
¿Qué decisión tomarías hoy de manera distinta si tu yo futuro estuviera sentado contigo?
Para profundizar
Hace años, un hombre se sentó frente a un médico después de una serie de estudios. No había llegado al hospital en ambulancia, no sufría dolores especiales ni sentía que su vida estuviera en peligro. Al contrario, se sentía, en términos generales, bastante bien. Trabajaba, viajaba, se encontraba con gente, comía con normalidad y llevaba su vida. El médico repasó los resultados, los puso sobre la mesa y le dijo: «Quiero que escuches muy bien lo que voy a decirte. Hoy te sientes bien, y por eso te resultará muy fácil salir de aquí y volver a tu vida normal. Pero los estudios muestran que tu cuerpo empieza a pagar un precio. Si sigues exactamente por el mismo camino, dentro de unos años podrías encontrarte en un lugar completamente distinto. Si cambias ahora algunas cosas de manera seria, hay una muy buena posibilidad de que tu futuro se vea diferente».
El hombre se asustó. Hizo preguntas, quiso entender los números, repasó con el médico los estudios e incluso le pidió que le escribiera de forma ordenada qué debía hacer. Antes de salir le dijo: «Entendí. Esta vez de verdad voy a cambiar». Esa noche contó a su familia la conversación. Durante algunos días fue muy cuidadoso. Después llegó una celebración familiar y se dijo que una sola vez no cambiaría nada. Al día siguiente fue un día cargado y no tuvo tiempo. La semana siguiente ya se sentía perfectamente bien, y cuando una persona se siente bien es muy difícil conmoverse por un peligro que quizá llegue dentro de varios años. Pasaron las semanas, la vida volvió a su rutina, y la hoja que había recibido del médico quedó en algún cajón.
Tiempo después volvió para otro control. Esta vez los resultados eran peores. El médico lo miró y le hizo una pregunta sencilla: «¿No entendiste la vez pasada lo que te dije?». El hombre guardó silencio un instante y respondió: «Doctor, ése es exactamente el problema. Entendí cada palabra que me dijiste».
Creo que en esa respuesta se esconde uno de los grandes enigmas de la vida humana. ¿Cómo puede ser que una persona comprenda perfectamente qué es lo correcto, sepa qué puede ocurrir, incluso sea capaz de explicar a otros qué deberían hacer, y aun así continúe viviendo como si no supiera nada? Estamos acostumbrados a pensar que nuestro problema es falta de información. Si tan sólo supiera que esto me hace daño, dejaría de hacerlo. Si comprendiera adónde lleva este enojo, callaría. Si supiera cuán corto es el tiempo con los hijos, les daría más espacio. Si comprendiera cuánto pueden dañar una relación las palabras, tendría más cuidado. Pero ¿realmente nos falta tanta información?
Hay cosas que sabemos desde hace años. Una persona sabe que un mensaje escrito con enojo puede verse completamente distinto a la mañana siguiente y, aun así, presiona «enviar». Sabe que un niño pequeño no seguirá siendo pequeño para siempre, pero se dice que ahora está ocupado y que la semana próxima habrá tiempo. Sabe que sus padres no rejuvenecen y, aun así, vuelve a postergar la llamada que pensaba hacer. Sabe que el cuerpo no es una máquina que pueda descuidarse sin fin, y aun así posterga. Sabe que los años no regresan y, sin embargo, a veces vive como si en algún lugar existiera un depósito de días extra reservado para él.
Tal vez nuestro gran problema no sea que no conocemos el futuro. El problema es que a veces sabemos lo suficiente para elegir de otra manera, pero no logramos darle al futuro derecho a voto en las decisiones del presente.
En el cántico de Haazinu, Moshé dice una frase sorprendente: «Porque son una nación privada de consejo y no hay en ellos entendimiento. Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final» (Deuteronomio 32:28-29). Observa que Moshé utiliza tres expresiones: «si fueran sabios», «comprenderían esto», «entenderían su final». La Torá no habla aquí sólo de una persona a la que le falta información. Describe a alguien que necesita conectar lo que tiene delante de los ojos ahora con el lugar hacia el que las cosas se dirigen.
Rashí explica que las palabras «entenderían su final» exigen que la persona ponga el corazón en contemplar el desenlace hacia el que las cosas conducen (Deuteronomio 32:29). Hay aquí una expresión muy profunda: no basta con saber; hay que poner el corazón. Se puede saber que el tiempo es valioso y aun así desperdiciarlo. Se puede saber que las palabras hieren y aun así hablar sin límite. Se puede saber que el hogar es lo más preciado y aun así dar al mundo entero nuestro mejor tiempo, dejando para la casa las sobras. El conocimiento está en la cabeza, pero en el momento de la decisión no está presente en el corazón.
Nuestros sabios cuentan que Alejandro de Macedonia preguntó a los ancianos del Néguev: «¿Quién es sabio?». Ellos respondieron: «Quien ve lo que está por nacer» (Tamid 32a). No dijeron «quien ve el futuro». Una persona no es profeta y no sabe qué ocurrirá mañana. Dijeron «quien ve lo que está por nacer», es decir, quien es capaz de ver que dentro del acto que está realizando ahora ya está contenida una realidad que puede nacer de él.
Cuando una persona planta una semilla, no ve un árbol frente a ella, pero entiende que el árbol empieza aquí. Cuando una persona reacciona una y otra vez del mismo modo en casa, quizá todavía no haya una crisis, pero algo ya empezó a nacer. Cuando posterga día tras día algo importante, quizá no exista un único instante en el que pueda señalar y decir: «Aquí cambió mi vida», pero algo ya está naciendo. Y lo mismo sucede para bien: cuando una persona calla una vez donde acostumbraba explotar, cuando da a un hijo tiempo real, cuando fija un horario de estudio y lo mantiene incluso un día en que no tiene ganas, cuando da un pequeño paso para reparar una relación, algo ya ha nacido.
El sabio no es quien sabe con certeza qué ocurrirá dentro de diez años. El sabio es quien puede mirar la semilla y preguntar qué árbol puede crecer de ella.
Y aquí quizá se encuentra una de las mayores fuerzas de la inclinación al mal. No necesita convencernos de que lo malo es bueno. Muchas veces sabemos perfectamente que algo no es bueno. Le basta con hacer una sola cosa: sacar el desenlace de la imagen. En un momento de enojo me hace ver sólo la frase que siento que debo decir ahora. En un momento de ofensa sólo veo la necesidad de responder ahora. En un momento de deseo sólo veo lo que quiero ahora. En un momento de pereza sólo veo cuán difícil me resulta ahora. El futuro no desaparece, pero se vuelve lejano y silencioso.
Por eso el rey Salomón dice: «El prudente ve el mal y se esconde, pero los simples pasan y son castigados» (Proverbios 22:3). El peligro todavía no está presente con toda su fuerza y, sin embargo, el sabio ve la dirección y actúa antes de que llegue. Del simple, en cambio, se dice «pasa». Pasó el lugar en el que todavía era posible detenerse.
Éste es un punto que debería sacudirnos: casi todo gran error de la vida estuvo precedido por pequeños momentos en los que todavía era posible cambiar de dirección. Una relación normalmente no se rompe en un día. Antes de la ruptura hubo señales. Un hábito dañino normalmente no domina a la persona de una vez. Antes hubo decenas de pequeñas elecciones. La distancia entre familiares no siempre empieza con una decisión dramática de alejarse; a veces se construye con conversaciones que no se tuvieron, pedidos de perdón postergados y otra semana en la que cada uno esperó que el otro diera el primer paso.
Tampoco se desperdicia una vida entera en un solo día. Puede ir desgastándose a lo largo de miles de días, cada uno de los cuales, por sí solo, parece no decidir nada. Ésa es la trampa: las cosas más importantes de la vida casi nunca se destruyen en un instante que parezca suficientemente importante como para asustarnos. Se erosionan en pequeñas porciones: otra postergación, otra concesión, otro «sólo esta vez», otro «mañana empiezo», otro «cuando tenga tiempo». Ningún momento por sí solo parece una catástrofe, pero el desenlace se construye con todos esos pequeños momentos.
Rabí Yehudá HaNasí dice en la Mishná: «Calcula la pérdida de una mitzvá frente a su recompensa, y la recompensa de una transgresión frente a su pérdida» (Avot 2:1). Qué palabra tan precisa escogió la Mishná: «calcula». No dice que una transgresión no tenga beneficio inmediato. Si no tuviera ningún beneficio, muchas veces no habría prueba. El enojo a veces da una ganancia de unos segundos, porque la persona siente que recuperó su honor. La postergación tiene una ganancia, porque ahora no tengo que esforzarme. Perder el tiempo tiene una ganancia, porque en este instante me resulta cómodo. La Mishná no niega la ganancia; le dice a la persona: no hagas una cuenta parcial.
No calcules sólo lo que ganarás en los próximos cinco minutos. Calcula también lo que este acto puede costarte dentro de cinco años. Y por otro lado, cuando una mitzvá te exige un esfuerzo ahora, no calcules sólo el precio que tiene en este instante. Calcula también qué clase de persona está construyendo. A veces cuesta levantarse, cuesta perseverar, cuesta ceder, cuesta contenerse y cuesta pedir perdón. Pero la pregunta no es sólo cuánto me cuesta ahora; la pregunta es quién me estoy volviendo a través de esta elección.
Ninguna figura ilustra esta lucha de manera más aguda que Esaú. Regresa cansado del campo y ve a Jacob preparando un guiso. Dice: «Dame de comer de ese rojo, ese rojo, porque estoy cansado» (Génesis 25:30). Jacob le pide la primogenitura y Esaú responde: «He aquí que voy a morir, ¿para qué me sirve la primogenitura?» (Génesis 25:32). Frente a Esaú hay dos cosas: un guiso que está ahora mismo delante de sus ojos y una primogenitura cuyo valor pertenece al futuro. El guiso está caliente, huele bien y está aquí. La primogenitura es abstracta y lejana. Y la Torá resume el episodio con las duras palabras: «Esaú despreció la primogenitura» (Génesis 25:34).
La Torá no dice sólo que Esaú vendió la primogenitura. Dice que la despreció. Porque cuando una persona desea mucho elegir la cosa pequeña que tiene delante, una forma de facilitarse esa elección es empequeñecer ante sus propios ojos la cosa grande que está por perder. La persona se dice que la relación ya no es como antes, que esta conversación no es tan importante, que un día más no cambiará nada, que otra hora desperdiciada no es significativa, que mañana empezará. Así no sólo elige el presente; reduce el futuro para que elegir el presente resulte más fácil.
Aquí conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿cuántas primogenituras vende una persona en su vida a cambio de un plato de guiso que parecía urgentísimo en ese momento? No una primogenitura literal, sino una hora con un hijo, una relación con un hermano, tiempo con los padres, un horario fijo de estudio, una plegaria, la salud, la paz en el hogar o una buena decisión que sabía que era importante. El guiso siempre llega caliente, mientras que la primogenitura está lejos. Nuestra vida muchas veces se define en la lucha entre algo pequeño y cercano y algo grande y lejano.
Pero aquí hay una profundidad adicional. Moshé, que dice «entenderían su final», está él mismo al final de su vida. En la porción anterior le dice a Israel: «Tengo hoy ciento veinte años; ya no puedo salir y entrar» (Deuteronomio 31:2). Frente a él hay una generación que está al comienzo de una nueva época, antes de entrar a la Tierra, antes de las casas que construirán, los campos que trabajarán y los éxitos y caídas que aún llegarán. Y Moshé, de pie al borde del camino, dice a la generación que está al comienzo: comprendan el desenlace.
Es como si Moshé les dijera: no esperen a llegar al lugar en el que yo estoy para comprender qué era importante en el lugar en el que ustedes están ahora.
De aquí surge una enorme pregunta para cada uno de nosotros: ¿qué sabe una persona que mira su vida desde el otro extremo, que yo ya sé hoy intelectualmente pero todavía no vivo según ello? Si una persona pudiera encontrarse consigo misma dentro de veinte o treinta años y sentarse a conversar diez minutos, ¿qué le pediría esa versión mayor? ¿Le diría que gane otra discusión? ¿Que se quede otra hora en el trabajo? ¿Que siga guardando el resentimiento porque tiene razón? ¿O le diría: vuelve a casa un poco antes, los hijos crecen más rápido de lo que piensas; llama a tus padres, porque no siempre habrá alguien a quien llamar; deja de desperdiciar años en una pelea de la que ya ni recuerdas cómo comenzó; abre el libro que llevas años diciendo que algún día estudiarás; no postergues la vida importante hasta que terminen las cosas urgentes, porque las cosas urgentes nunca terminan.
Lo estremecedor es que en realidad no necesitamos encontrarnos con nosotros mismos dentro de treinta años para saber muchas de las respuestas. Ya las sabemos ahora. Por eso el dolor del versículo no es el dolor de quien no sabía. Es el dolor de quien supo muy temprano, pero empezó a vivir según ese conocimiento demasiado tarde.
Tal vez éste sea precisamente el sentido profundo del balance espiritual. Estamos acostumbrados a preguntar de qué me arrepiento del año pasado. Pero se puede hacer una pregunta más fuerte: ¿qué arrepentimiento todavía puedo evitar del próximo año? ¿Qué cosa, si sigo haciéndola exactamente como hoy, ya puedo ver adónde conduce? ¿Qué relación necesita reparación antes de que la distancia crezca? ¿Qué hábito debe detenerse mientras todavía es pequeño? ¿Qué cosa buena sigo postergando una y otra vez como si el tiempo hubiera prometido esperarme?
Rabenu Yoná de Gerona abre Shaarei Teshuvá describiendo la bondad que Dios hizo con Sus criaturas al abrirles un camino para retornar incluso después de haber pecado (Shaarei Teshuvá, Puerta Primera, sección 1). Pero Haazinu nos recuerda otra bondad: no sólo la posibilidad de reparar después de habernos equivocado, sino la posibilidad de despertarnos antes de que necesitemos reparar. No toda lección tiene que aprenderse mediante una caída y no toda verdad tiene que descubrirse a través del arrepentimiento. La Torá permite a una persona aprender con sabiduría lo que la vida podría enseñarle con dolor.
El rey Salomón dice: «No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué traerá un día» (Proverbios 27:1). La Torá no nos exige saber qué ocurrirá mañana ni le ofrece a la persona la ilusión de que controla el futuro. Pero hay una diferencia enorme entre no conocer el futuro e ignorar la dirección de nuestras acciones. No sé cuántos años tendré, pero sé que este día no volverá. No sé cómo serán las vidas de mis hijos, pero sé que mi presencia hoy entra en los recuerdos que llevarán consigo. No sé cuál será mi situación dentro de veinte años, pero sé que los hábitos que construyo hoy viajan conmigo hacia allí.
Por eso «entenderían su final» no es una orden de temer al futuro. Es una orden de vivir el presente con responsabilidad. No de predecir mañana, sino de darle a mañana una voz en la decisión de hoy.
Quizá antes de terminar, cada persona debería hacerse una sola pregunta: si sé con certeza que este día jamás regresará, ¿qué hay en mi vida que todavía no encaja con ese conocimiento? No qué me falta aprender ni qué secreto desconozco, sino qué cosa ya sé y, sin embargo, todavía no vivo de acuerdo con ella.
Sabemos que el tiempo es corto. Sabemos que los hijos crecen. Sabemos que los padres envejecen. Sabemos que las palabras permanecen mucho después de que el enojo se va. Sabemos que pequeños hábitos se convierten con los años en parte de la personalidad. Sabemos que hay oportunidades que se cierran y sabemos que no se puede volver a ayer. Y aun así, a veces logramos tratar todas esas verdades como si fueran muy ciertas, sólo que no hoy.
Y Moshé, de pie al final de su vida y mirando a un pueblo que está ante su futuro, dice: «Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final». No esperen al final para comprender el medio. No esperen la pérdida para comprender el valor. No esperen el arrepentimiento para descubrir lo que sabían desde siempre.
Porque hay cosas que el tiempo termina enseñando a casi todos. La pregunta es cuánto tendremos que pagar por esa enseñanza. La Torá nos ofrece otra posibilidad: aprender del final antes de haber llegado a él y utilizar lo comprendido para elegir de otra manera hoy.
Quizá ésta sea la gran sabiduría que Moshé nos pide en Haazinu: no saber cómo terminará la vida, sino vivirla de tal manera que cuando un día miremos hacia atrás no tengamos que decir con dolor: lo sabía. Lo sabía todo el tiempo. Sólo esperé demasiado para empezar a vivir según lo que ya sabía.
Hay aquí otro punto profundo que debemos comprender. ¿Por qué Moshé dice «si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final»? ¿Por qué la capacidad de ver el desenlace se llama sabiduría? A primera vista, no parece hacer falta una sabiduría especial para saber que las acciones tienen consecuencias. Todo niño sabe que si se planta algo, finalmente crece. ¿Cuál es, entonces, la gran sabiduría que Moshé nos pide?
Parece que la respuesta está en la diferencia entre dos preguntas que una persona puede hacerse antes de una decisión. La primera es: ¿qué ocurrirá si hago esto? Es una pregunta importante, pero todavía externa. La segunda es mucho más profunda: ¿quién voy a ser si sigo haciendo esto? Porque toda elección tiene dos resultados. Está lo que hace en el mundo y está lo que hace en la persona que eligió.
Maimónides escribe en las Leyes del Arrepentimiento que toda persona puede elegir su camino: «El permiso está dado a toda persona. Si desea inclinarse hacia un buen camino y ser justa, el permiso está en su mano; y si desea inclinarse hacia un mal camino y ser malvada, el permiso está en su mano» (Mishné Torá, Leyes del Arrepentimiento 5:1). Observa el lenguaje: una persona no sólo elige una buena acción o una mala acción. A través de sus elecciones se inclina a sí misma hacia una determinada dirección. La elección de hoy no se queda únicamente en hoy; participa en la construcción de la persona de mañana.
Maimónides continúa y subraya que ninguna fuerza externa obliga a una persona a ser justa o malvada, sino que la persona misma dirige su camino mediante sus elecciones (Mishné Torá, Leyes del Arrepentimiento 5:2). Resulta entonces que la pregunta «entenderían su final» no es sólo cuál será el resultado del acto, sino en qué clase de persona mis elecciones me están convirtiendo. Puede ser que el mayor precio de cierto acto no sea lo que perderé mañana por causa de él, sino quién me convertiré si lo repito una y otra vez.
Esto es aterrador y alentador a la vez. Aterrador, porque los pequeños hábitos no permanecen pequeños. Alentador, porque si una persona se construye mediante elecciones, también puede empezar a reconstruirse mediante una elección distinta. No hace falta esperar un momento dramático en el que toda la personalidad se dé vuelta. A veces un desenlace nuevo empieza con una decisión muy pequeña tomada hoy.
Tal vez por eso en la parashá Nitzavim, tan cercana al cántico de Haazinu, se dice: «Mira, he puesto hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal» (Deuteronomio 30:15). La Torá no dice sólo que puso delante de nosotros una mitzvá y una transgresión. Pone ante la persona dos caminos y le revela que cada camino tiene una continuación. Luego dice: «He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; elegirás la vida» (Deuteronomio 30:19).
Hay que preguntar: si Dios ya nos dice cuál es el camino de la vida, ¿qué queda por elegir? ¿Por qué hay que ordenar «elegirás la vida»? Porque uno de los problemas humanos es que incluso cuando sabemos dónde está la vida, aquello que es cercano y cómodo puede parecer, en un momento concreto, más atractivo. La Torá dice: no evalúes el camino sólo por su primer metro. Mira adónde llega.
Hay un camino que empieza difícil y termina en vida, y hay un camino que empieza cómodo y termina con un precio pesado. Hay un silencio que cuesta muchísimo durante un minuto y salva una relación de años. Hay un pedido de perdón que hiere el orgullo durante cinco minutos y devuelve la paz al hogar. Hay una hora de estudio que exige esfuerzo ahora, pero durante años construye un mundo dentro de la persona. Y también hay decisiones que parecen facilísimas en el primer instante, pero cuya factura llega después.
Ésta puede ser una de las grandes diferencias entre un niño y un adulto. Al niño le cuesta postergar la satisfacción porque el momento presente ocupa casi todo su campo visual. A medida que una persona madura, se supone que adquiere la capacidad de ver a distancia. Pero se puede ser muy adulto en edad y seguir siendo un niño en las decisiones. Se puede tener cincuenta años y continuar decidiendo sólo según lo que resulta agradable en los próximos cinco minutos.
Aquí el tema toca profundamente el trabajo de la teshuvá. Teshuvá no es sólo mirar hacia atrás y decir: me equivoqué. La teshuvá verdadera también exige mirar hacia adelante y decir: si no cambio de dirección, ¿adónde llegaré? El arrepentimiento se ocupa del pasado, pero la resolución para el futuro demuestra que comprendí el desenlace.
Maimónides define la teshuvá diciendo que el pecador debe abandonar su pecado, apartarlo de su pensamiento y resolver en su corazón no hacerlo de nuevo (Mishné Torá, Leyes del Arrepentimiento 2:2). Es decir, la teshuvá no termina en una emoción dolorosa por lo que fue. Llega al momento en que la persona mira hacia adelante y decide que el pasado no recibe permiso para escribir también el futuro.
Hay una persona que se arrepiente mucho pero no cambia de ruta. Llora por lo ocurrido y vuelve exactamente al mismo camino. Y hay otra que quizá no pueda borrar lo que ya hizo, pero puede detenerse y decir: esta historia no está obligada a continuar en la misma dirección. Ése es un momento enorme de elección, porque en ese instante la persona no cambia el pasado, sino el desenlace.
Tal vez esto dé un sentido completamente nuevo a las palabras «entenderían su final». El desenlace no siempre es un decreto del destino que nos espera al final del camino. En gran parte de la vida, el desenlace se crea a partir de la dirección que escogemos una y otra vez. Por eso, mientras una persona esté viva y pueda elegir, también puede cambiar de dirección.
A veces una persona se mira y dice: yo ya soy así. Soy enojón. Postergo las cosas. No soy una persona constante. Así hablo. Así es mi casa. Así ha sido nuestra relación durante años. Pero la Torá de la elección no permite convertir el pasado en una sentencia sobre el futuro. El hecho de que haya caminado por cierto camino durante años explica por qué llegué aquí; no me obliga a seguir caminándolo mañana.
Aquí el versículo puede escucharse no sólo como reproche, sino como una enorme oportunidad. «Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final». Si comprendes el desenlace antes de llegar a él, todavía tienes la posibilidad de cambiarlo. Mientras el camino esté delante de ti, puedes elegir otra ruta.
Hay personas que esperan a que el precio sea suficientemente alto para cambiar. Esperan a que el médico las asuste, a que el hijo explote, a que el matrimonio llegue al borde, a que la deuda crezca, a que el hábito se convierta en crisis, a que el corazón se rompa. Recién entonces dicen: ahora no hay opción, hay que hacer algo. Moshé propone un nivel más alto: no esperes a que el desenlace te obligue a comprender. Compréndelo mientras todavía tengas libertad para elegir.
Ésta puede ser la diferencia entre una persona sabia y alguien a quien la vida volvió sabio demasiado tarde. Ambos pueden llegar finalmente a la misma verdad, pero uno pagó un precio alto y el otro aceptó aprenderla a tiempo.
Por eso hay una pregunta que puede convertirse en una herramienta real para el trabajo personal. Cuando estés ante una decisión que sabes que no es momentánea, no preguntes sólo: ¿esto está bien o mal? Pregunta también: si repito esta elección cien veces, ¿en qué clase de persona me convertirá? Si la respuesta te asusta, no esperes a la vez número cien. Y si la respuesta te alegra, no desprecies la primera vez.
Porque incluso un gran hábito comenzó una vez. También una gran distancia empezó con un pequeño paso. Y una gran reparación también puede comenzar con un pequeño paso.
Entonces el versículo de Moshé deja de ser un versículo sobre gente lejana y se convierte en un espejo delante de cada uno: «Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final». ¿Soy capaz de ver dentro de este día la persona que estoy construyendo para mañana?
Tal vez éste sea uno de los grandes regalos que la Torá da al ser humano. No le permite ver el futuro, pero le da algo más importante: le enseña que el futuro no es sólo un lugar al que llega. En gran medida, el futuro también es un lugar hacia el que camina.
Por eso, antes de que un hábito se convierta en carácter, antes de que una distancia se vuelva ruptura, antes de que una oportunidad perdida se convierta en arrepentimiento y antes de que otro año se sume a todos los años que ya pasaron, Moshé nos pide que nos detengamos un instante y miremos hacia adelante.
No para tener miedo.
No para adivinar qué ocurrirá.
Sino para elegir hoy la dirección por la que mañana podremos agradecer.
«Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final».
La sabiduría no es sólo comprender la vida después de que nos enseñó la lección. La sabiduría es comprender la lección cuando todavía podemos usarla para cambiar la vida.
Pero hay otra barrera entre la persona y el desenlace, quizá la más sofisticada de todas. A veces la persona ya ve hacia dónde van las cosas, incluso sabe que debe cambiar de dirección, y aun así no cambia nada. ¿Por qué? Porque se dice una frase pequeña y muy peligrosa: ahora no.
Sé que debo ocuparme de esto, pero ahora no. Sé que tengo que cerrar esta pelea, pero después de las fiestas. Sé que debo empezar a estudiar en serio, pero cuando pase esta época tan ocupada. Sé que necesito estar más en casa, pero apenas termine este proyecto. Sé que tengo que pedir perdón, pero ahora todavía está demasiado fresco. La persona no dice que el asunto no sea importante. Al contrario, reconoce su importancia. Sólo hace una suposición para la que no tiene ninguna prueba: que habrá un después.
Aquí nuestros sabios dicen una frase breve que desmonta esta ilusión desde la raíz. Hilel el Anciano dice: «No digas: “Cuando tenga tiempo estudiaré”, no sea que no tengas tiempo» (Avot 2:4). La Mishná no dice «no sea que no vivas», sino algo mucho más cercano a nuestra realidad: «no sea que no tengas tiempo». Puedes vivir muchos años más, pero ese tiempo libre que esperas quizá simplemente nunca llegue. La vida no se vacía de ocupaciones. Cuando termina un problema, entra otro. Cuando los hijos son pequeños esperamos que crezcan; cuando crecen llegan otros desafíos. Cuando termina un compromiso, el siguiente ya espera.
La persona espera el momento en que la vida se hará a un lado y le permitirá empezar a vivir lo que realmente le importa. Nuestros sabios le dicen: ese momento puede no llegar jamás. Si algo es importante, no lo construyas sobre el tiempo que sobrará. Dale lugar dentro del tiempo que tienes.
Esto se conecta de manera inquietante con «entenderían su final». Uno de nuestros grandes errores es pensar que el final está muy lejos. Pero el final no empieza el último día de la vida. Toda etapa tiene un final. La infancia de un hijo tiene un final. La época en la que nuestros padres todavía están con nosotros tiene un final. Los años en los que el cuerpo nos permite ciertas cosas tienen un final. Una oportunidad tiene un final. Incluso una pelea tiene una etapa en la que todavía es relativamente fácil repararla, y luego llega una etapa en la que sobre ella ya se acumularon años de silencio, enojo y recuerdos.
Eclesiastés dice: «Todo tiene su tiempo, y hay un momento para cada propósito bajo el cielo» (Eclesiastés 3:1). Solemos escuchar en este versículo que hay un tiempo apropiado para cada cosa, pero también contiene una exigencia: si hay un tiempo para algo, eso significa que ese tiempo no es necesariamente eterno. Hay cosas que pueden hacerse también dentro de un año, y hay cosas que, si no se hacen ahora, dentro de un año ya no podrán hacerse de la misma manera.
Un padre puede decir a un niño de seis años: «En un rato juego contigo». Un día el niño tendrá dieciséis y quizá ya no lo pida. Una persona puede decir a su madre: «Mamá, esta semana estoy muy ocupado; hablamos la próxima». Puede decirlo muchas veces hasta que un día daría todo por una llamada más. Una persona puede decirse: «Cuando esté más libre empezaré a estudiar», hasta descubrir que los años durante los cuales estaba seguro de que pronto empezaría eran la vida misma.
Éste no es un mensaje sobre miedo a la muerte. Es un mensaje sobre ventanas de tiempo. Dios da posibilidades a la persona, pero no toda posibilidad permanece abierta del mismo modo para siempre. «Entenderían su final» significa comprender que también lo que tengo ahora tiene un final, y por eso el valor del presente no viene sólo de lo que contiene, sino también de que pasa.
Aquí podemos comprender más profundamente las palabras de Rabí Eliezer en la Mishná: «Haz teshuvá un día antes de tu muerte» (Avot 2:10). La Guemará pregunta cómo puede una persona saber qué día morirá, y Rabí Eliezer responde que, precisamente porque no lo sabe, debe hacer teshuvá hoy, no sea que muera mañana, y así todos sus días estarán en teshuvá (Shabat 153a). Nuestros sabios no piden que una persona viva con una sensación enfermiza de que mañana puede morir. Intentan romper otra ilusión: la seguridad de que siempre tendremos mañana para hacer lo que sabemos que debemos hacer hoy.
Hay una enorme diferencia entre quien vive con miedo de no tener mañana y quien vive con la conciencia de que no es dueño del mañana. El primero teme a la vida; el segundo respeta la vida. Sabe que el día que recibió no es un borrador de la vida real que empezará en el futuro. Este día forma parte de la vida misma.
Tal vez por eso la palabra «hoy» aparece tantas veces en la Torá cuando habla de elección y del servicio a Dios. «Mira, he puesto hoy delante de ti la vida y el bien» (Deuteronomio 30:15). «Elegirás la vida» (Deuteronomio 30:19). La Torá no le dice a la persona que elija la vida algún día, cuando las condiciones sean perfectas. La elección se hace dentro del día que recibiste, con su cansancio, su presión, sus dificultades y el hecho de que no todo esté ordenado como quisieras.
Y éste quizá sea uno de los terrenos en los que la inclinación al mal tiene más éxito. No siempre le dice a una persona «no lo hagas». A veces le dice: «Por supuesto que lo harás, sólo que hoy no». No necesita hacerte renunciar a la clase; basta con que empieces el mes próximo. No necesita convencerte de que no debes reconciliarte con tu hermano; basta con decirte que ahora no es el momento. No necesita hacerte decidir que nunca cambiarás esa cualidad; basta con hacerte creer que en el futuro habrá una versión más libre, tranquila y fuerte de ti que hará el trabajo en tu lugar.
Pero esa persona futura es la misma persona de hoy, sólo que con más años de hábito.
Aquí vale la pena detenerse. Cuando una persona dice «mañana cambiaré», ¿quién se supone que cambiará mañana? La misma persona que hoy no quiso cambiar. Y si hoy vuelvo a fortalecer el hábito del que quiero liberarme, ¿por qué supongo que mañana será más fácil? A veces la postergación no mantiene la situación igual; la propia postergación fortalece la situación que quiero cambiar.
El rey Salomón dice: «El camino de los malvados es como oscuridad; no saben en qué tropiezan. Pero el camino de los justos es como la luz del amanecer, que aumenta hasta pleno día» (Proverbios 4:18-19). Un camino no es una colección de puntos aislados. Va hacia algún lugar. Cada pequeño paso se suma al anterior. Por eso la Torá no pide a la persona resolver toda su vida hoy, sino elegir el paso que desvía el camino hacia la dirección correcta.
Y esto también da una enorme esperanza. Si el desenlace se construye con pequeños pasos, no necesito esperar una revolución para empezar a cambiarlo. Tal vez hoy no pueda reparar una relación de veinte años, pero puedo hacer una llamada. Tal vez no pueda convertirme en un día en una persona que estudia tres horas cada noche, pero hoy puedo abrir un libro durante veinte minutos. Tal vez no pueda corregir de inmediato una cualidad que me acompaña desde hace décadas, pero hoy puedo vencerla una vez. Tal vez no pueda saber cómo será mi vida dentro de diez años, pero sí puedo elegir cuál será mi próximo paso dentro de diez minutos.
Ésta puede ser la conexión profunda entre «entenderían su final» y la teshuvá. La teshuvá no exige a la persona volver a ayer, porque nadie puede hacerlo. Le exige asumir responsabilidad por la dirección desde este instante en adelante. El pasado explica de dónde llegué, pero no tiene por qué decidir hacia dónde continúo.
Por eso la pregunta no es sólo: ¿cuál será mi final? La pregunta práctica es: ¿qué final estoy empezando a construir hoy? Si sé que hay algo que debo reparar, ¿qué estoy esperando? Si sé que hay alguien con quien debo hablar, ¿qué exactamente se supone que va a ocurrir para que el momento sea mejor? Si sé que hay algo bueno que quiero que forme parte de mi vida, ¿por qué lo dejo depender de un tiempo libre que quizá nunca llegue?
Moshé dice: «Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final». Tal vez la sabiduría no sea sólo ver qué habrá al final del camino. La sabiduría es comprender que el final se está construyendo ahora, dentro de días que parecen completamente comunes.
Una persona no pierde su vida el último día. La vive día tras día. Tampoco construye su vida en un único día grande y maravilloso. La construye en un lunes común, un martes ocupado, una noche en la que está cansada, un momento en que nadie la aplaude por la elección que hizo.
Al final, nuestras grandes vidas están formadas por los pequeños momentos en los que decidimos qué era más importante que qué.
Por eso quizá no haga falta salir de Haazinu con diez decisiones. Basta con una decisión que ya no deba postergarse. Cada persona sabe dentro de sí cuál es. Algo sobre lo que hace mucho dice «algún día». Alguien sobre quien hace mucho dice «tengo que hablar con él». Una clase de la que dice «cuando todo se calme». Un cambio que sabe que necesita hacer, pero sigue depositándolo en manos del mañana.
Sobre eso la Torá dice: no esperes al desenlace para comprender. Comprende ahora, para que el desenlace sea distinto.
Porque la gran tragedia no es que una persona llegue al final y diga: «No sabía». Hay cosas que no se podían saber. La gran tragedia es llegar al final y decir: «Sabía. Entendía. Incluso quería. Sólo que siempre pensé que había más tiempo».
Frente a esa frase, el cántico de Haazinu nos llama ya ahora: «Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final». Si comprendiste, no dejes la comprensión para mañana. Haz que hoy se convierta en una elección, porque a veces toda la diferencia entre sabiduría y arrepentimiento es una sola cosa: cuándo hicimos algo con lo que sabíamos.
Tal vez haya otra manera de comprender hasta qué punto «entenderían su final» no es sólo una idea bonita, sino una fuerza concreta en el trabajo personal. Nuestros sabios enseñan que a veces toda la diferencia entre caer y mantenerse firme en una prueba depende de si una persona logra, dentro del momento turbulento, ver algo que está más allá de ese momento.
La Guemará en el tratado Sotá cuenta sobre Yosef el justo cuando enfrentó la prueba de la esposa de Potifar. La Torá dice: «Sucedió cierto día que entró en la casa para hacer su trabajo y no había allí ninguno de los hombres de la casa» (Génesis 39:11). Nuestros sabios describen hasta qué punto la prueba llegó a un momento decisivo, y luego dicen algo extraordinario: «En ese momento apareció la imagen de su padre y se le mostró en la ventana» (Sotá 36b). Jacob no está en Egipto. Está muy lejos. Pero justo cuando el presente amenaza con apoderarse de todo el mundo de Yosef, de pronto entra en la habitación algo más grande que ese instante.
Nuestros sabios continúan y describen a Jacob como si le dijera a Yosef que los nombres de sus hermanos estaban destinados a ser escritos en las piedras del efod, y le preguntara si quería que su nombre fuera borrado de entre ellos. De pronto, la prueba no es sólo una cuestión de los próximos minutos. Yosef ve quién es, de dónde viene y adónde puede llevarlo ese acto. En un instante, el desenlace entra en el presente.
Tal vez aquí haya una profundidad enorme en las palabras de nuestros sabios. ¿Qué salvó a Yosef? No información nueva sobre la prohibición. Yosef ya sabía que el acto estaba prohibido. Él mismo ya había dicho: «¿Cómo haría yo este gran mal y pecaría contra Dios?» (Génesis 39:9). El problema en el momento de la prueba no era falta de conocimiento. El problema era que el instante se había vuelto enorme. Entonces apareció la imagen de su padre y devolvió a ese instante toda su historia.
Eso es exactamente lo que a veces necesitamos. No más información, sino una ventana.
Cuando el enojo llena la habitación, necesitamos una ventana a través de la cual ver la casa después del enojo. Cuando el deseo llena toda la imagen, necesitamos una ventana a través de la cual la persona vea quién quiere ser después de que el instante pase. Cuando alguien está por hacer algo que sabe que lamentará, necesita abrir una ventana hacia el desenlace y preguntar: ¿cómo veré este momento mañana por la mañana?
Esto convierte las palabras «entenderían su final» en una herramienta muy práctica. Antes de un acto cargado de tormenta emocional, una persona puede preguntarse: si ya estuviera después de este acto, ¿qué me pediría hacer ahora?
Es una pregunta poderosa porque después del acto muchas veces todo se vuelve claro. Después de que baja el enojo, la persona sabe exactamente qué palabra sobraba. Después de que la oportunidad pasó, sabe cuánto valía. Después de que el tiempo se perdió, sabe qué debería haber hecho con él. La Torá le pide una sola cosa: traer un poco de la claridad del «después» a la niebla del «antes».
Tal vez por eso «la imagen de su padre» es una imagen tan potente. Jacob no es sólo el padre de Yosef; le recuerda que este instante no existe aislado. Tiene un pasado, una identidad y un futuro. Él es hijo de Jacob. Forma parte de las doce tribus. Lleva una historia más grande que la habitación en la que está ahora.
¿Cuántas pruebas se verían distintas si en el momento de la verdad recordáramos que somos parte de una historia mayor? No soy sólo la persona que está enojada ahora. También soy padre, esposo, hijo, judío, alguien cuyas acciones afectan a otros y alguien en quien todavía quiero convertirme. ¿Estoy dispuesto, por este instante, a poner en riesgo algo de todo eso?
No por miedo a lo que otros digan, sino por fidelidad a mi identidad.
El rey Salomón dice: «El alma del hombre es la lámpara del Señor, que examina todas las cámaras interiores» (Proverbios 20:27). Hay dentro de la persona un punto capaz de iluminar incluso habitaciones que preferiría dejar en oscuridad. A veces una persona no necesita que alguien desde afuera le diga qué es lo correcto; necesita unos segundos de silencio para escuchar lo que ella misma ya sabe.
Ésta puede ser una de las grandes enseñanzas prácticas que podemos llevarnos: no tomes una gran decisión dentro de un pequeño instante. Cuando estés muy enojado, no decidas el destino de una relación de treinta años. Cuando estés muy herido, no digas una frase que vaya a vivir más tiempo que la ofensa que la produjo. Cuando estés desesperado, no tomes decisiones sobre todo tu futuro desde una sola noche difícil. Deja pasar el instante y luego deja entrar el desenlace en la habitación.
Pero hay otra profundidad en «entenderían su final». No todo desenlace que necesitamos ver es negativo. A veces una persona abandona precisamente porque no logra ver el bien que está naciendo de su pequeño esfuerzo. Empieza a estudiar y después de dos semanas no siente que se haya convertido en un sabio de Torá, así que abandona. Empieza a trabajar una cualidad y después de un mes todavía falla, así que se desespera. Un padre invierte en un hijo y no ve de inmediato resultados, entonces se pregunta si tiene algún sentido.
Aquí también necesitamos «entenderían su final». Hay semillas que no dan fruto el mismo día en que se plantan.
El rey David dice: «Irá andando y llorando el que lleva la semilla; volverá con alegría, llevando sus gavillas» (Salmos 126:6). Hay un momento en el que la persona sólo lleva semillas. Todavía no hay gavillas, no hay resultado ni aplausos. Siembra y llora. Pero el versículo enseña que quien no detiene la historia a mitad de camino puede ver que también la siembra tiene un final.
Esto es muy importante, porque ver el desenlace no es sólo un freno que nos impide hacer el mal. También es una fuerza que nos permite seguir haciendo el bien cuando todavía no vemos resultados.
Una persona que estudia una página y luego otra necesita ver un poco del desenlace para no desesperarse por el comienzo. Una persona que trabaja su enojo y vuelve a fallar necesita saber que esa vez en que logró callar no fue algo pequeño. Un padre que da a su hijo diez minutos de escucha real quizá no sepa qué significarán esos diez minutos dentro de veinte años. Un maestro que dijo una buena frase a un alumno no sabe si esa frase lo acompañará toda la vida.
Estamos acostumbrados a medir las acciones según el resultado que vemos de inmediato. La Torá nos enseña a medirlas también según el desenlace que todavía no vemos.
Y esto nos devuelve al comienzo. El hombre sentado frente al médico sabía qué tenía que hacer, pero el futuro estaba lejos y por eso ganó el presente. La Torá nos pide invertir el orden: tomar algo lejano y acercarlo lo suficiente para que influya en la decisión de ahora.
Tal vez por eso Moshé no dice «conocerían su final», sino «entenderían su final». El conocimiento puede quedarse en la cabeza. La comprensión verdadera cambia una elección.
Aquí pediría a cada persona que no piense ahora en diez cosas. Que piense sólo en una. ¿Qué decisión de tu vida cambiaría si vieras ahora con claridad su desenlace?
Tal vez sea una palabra que debes dejar de decir. Tal vez una persona con la que debes empezar a hablar. Tal vez un hábito del que sabes muy bien hacia dónde va. Tal vez un estudio que postergas. Tal vez un hijo que te pide presencia. Tal vez una buena decisión que estás a punto de abandonar porque todavía no ves frutos.
No intentes ver todo el futuro. Abre sólo una ventana.
Mírate por un instante después.
Mira la casa después.
Mira al hijo después.
Mira la relación después.
Mírate dentro de algunos años, mirando hacia atrás la decisión que estás a punto de tomar hoy.
Luego vuelve a este instante.
Ahora la elección ya se ve diferente.
Quizá esto sea lo que Moshé pide a la generación que está delante de él, y quizá lo que pide a todas las generaciones después de ella: «Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final». No vivan sólo dentro del instante en el que están. Den también a lo que todavía no ocurrió un lugar en la decisión que están tomando ahora.
Porque uno de los mayores regalos que Dios dio al ser humano es la capacidad de detenerse un instante antes, ver con los ojos de la mente lo que de otro modo comprenderá demasiado tarde, y elegir de manera distinta.
Si hacemos esto, quizá podamos ahorrarnos una de las frases más dolorosas que una persona puede decir: «Ojalá hubiera pensado en esto entonces».
Haazinu nos dice: no esperes al «ojalá».
Piénsalo entonces, cuando ese «entonces» todavía es ahora.
Pero después de todo esto queda una pregunta más profunda. Si una persona aprende de verdad a mirar hacia el desenlace, ¿qué cambiará exactamente en su vida? ¿Sólo tendrá más cuidado con las transgresiones, pensará un instante extra antes de hablar y tomará decisiones más equilibradas? Parece que Moshé pide mucho más. «Entenderían su final» no es sólo una herramienta para tomar decisiones correctas. El desenlace puede revelar a la persona qué es lo verdaderamente importante para ella.
Hay cosas que parecen enormes cuando estamos dentro de ellas, pero se vuelven muy pequeñas cuando las miramos desde la distancia de los años. Y hay cosas que hoy parecen pequeñas y marginales, pero cuando observamos la vida entera queda claro que fueron las grandes de verdad. Una ofensa puede llenar una semana completa, pero veinte años después apenas se recuerda por qué uno se ofendió. En cambio, una hora sentados con nuestro padre, una conversación en la que de verdad escuchamos a nuestro hijo, una pareja de estudio que mantuvimos durante años, un acto de bondad realizado por alguien en un momento difícil, pueden seguir siendo parte de nosotros mucho después de que el gran ruido de aquel día haya desaparecido.
Moshé dice: «Entenderían su final». Intenta medir las cosas de hoy también con las medidas del desenlace. No todo lo que grita ahora es realmente importante, y no todo lo que ahora está silencioso es realmente pequeño.
La Mishná en Avot dice en nombre de Rabí Yaakov: «Este mundo se parece a un corredor antes del Mundo Venidero; prepárate en el corredor para poder entrar al salón» (Avot 4:16). Esto no significa que este mundo carezca de valor. Exactamente al contrario. Si este mundo es el corredor en el que la persona se prepara, entonces cada instante en él recibe un significado enorme. Las elecciones que nos parecen pequeñas son el material del que se construye la vida.
Más adelante Rabí Yaakov dice algo aún más agudo: «Más valiosa es una hora de teshuvá y buenas acciones en este mundo que toda la vida del Mundo Venidero» (Avot 4:17). ¿Por qué una hora en este mundo es tan valiosa? Porque aquí hay algo que allí no existe: la posibilidad de elegir. Ahora se puede reparar, ahora se puede superar, ahora se puede pedir perdón, ahora se puede estudiar, ahora se puede dar, ahora se puede elegir.
Aquí «entenderían su final» recibe otro sentido. El desenlace no viene a decir a la persona que el presente carece de importancia porque al final todo pasa. Dice exactamente lo contrario: justamente porque el presente pasa, tiene una importancia que no puede recrearse.
Hay una frase que una persona puede decir hoy y mañana quizá ya no tenga la posibilidad de decírsela a la misma persona. Hay una mitzvá que puede hacer hoy y mañana las condiciones serán distintas. Hay un niño que hoy pide la atención de su padre y dentro de algunos años ya no la pedirá de la misma manera. Hay alguien a quien se puede apaciguar ahora y, si esperamos más años, quizá los corazones se endurezcan. El desenlace no reduce el valor de hoy. Revela cuán valioso es hoy.
Tal vez esto explique por qué la Torá dice en Nitzavim: «Porque esta mitzvá que te ordeno hoy no está fuera de tu alcance ni está lejos» (Deuteronomio 30:11). Y luego: «Porque la cosa está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para hacerla» (Deuteronomio 30:14). A veces buscamos el gran cambio en un lugar lejano, en otro tiempo, en otra versión de nosotros mismos. La Torá nos devuelve al único lugar en el que realmente se puede elegir: hoy, en la boca, en el corazón y en la acción.
Una persona puede pensar durante años en la persona que quiere ser. Puede querer ser un padre más paciente, un mejor esposo, un hijo que honra más a sus padres, una persona que estudia más, reza con más intención y domina mejor sus cualidades. Pero mientras todo eso exista sólo en el futuro, seguirá siendo un sueño. Al final, la persona que seremos dentro de diez años se construirá con las elecciones que hoy nos parecen pequeñas.
Aquí despierta una pregunta muy difícil: si alguien viera sólo mi agenda, sin escuchar ninguna explicación, ¿podría saber qué es verdaderamente importante para mí?
Decimos que la familia es importante. ¿Cuánto tiempo recibe? Decimos que la Torá es nuestra vida. ¿Qué lugar ocupa en nuestro día? Decimos que nuestra relación con Dios es preciosa. ¿Qué ocurre cuando la plegaria choca con algo urgente? Decimos que nuestras cualidades importan. ¿Qué pasa en el instante en que nuestro honor es herido?
Porque al final, el verdadero orden de prioridades de una persona no se escribe sólo en lo que dice que es importante. También se escribe en dónde coloca su tiempo, su atención y sus fuerzas.
Tal vez por eso Moshé no se conforma con la palabra «final». Dice «entenderían su final». Comprender el desenlace significa usarlo como espejo del presente. Si aquello que hoy persigo me parecerá insignificante dentro de veinte años, quizá no deba darle hoy todo mi corazón. Y si aquello que hoy descuido me parecerá muy valioso cuando mire hacia atrás, quizá no deba seguir tratándolo como si pudiera esperar.
El rey David formula una petición sorprendente: «Hazme saber, Señor, mi fin y cuál es la medida de mis días, para que sepa cuán pasajero soy» (Salmos 39:5). No pide saber el día de su muerte para vivir con miedo. Pide que la conciencia del límite dé sentido a la vida dentro de ese límite. Una persona que cree tener tiempo ilimitado puede postergar incluso las cosas importantes sin fin. Cuando comprende que el tiempo es un regalo limitado, empieza a elegir.
El propio Moshé reza: «Enséñanos a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón de sabiduría» (Salmos 90:12). Qué conexión tan precisa con el cántico de Haazinu. Contar los días debe llevar a la persona a un «corazón de sabiduría». No miedo, no tristeza, no desesperación, sino sabiduría. Saber que los días no son infinitos debería enseñarme cómo utilizar el día que tengo.
Observa que también aquí la sabiduría está conectada con el tiempo. En Haazinu: «Si fueran sabios... entenderían su final». En Salmos: «Enséñanos a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón de sabiduría». Tal vez la Torá nos enseña que una persona sabia no es sólo quien sabe mucho. Una persona sabia es quien sabe qué vale la pena hacer con el tiempo que recibió.
Y esto nos lleva al final. No sabemos cuánto tiempo nos fue dado y no sabemos qué traerá un día. Pero no necesitamos conocer todo el futuro para vivir hoy de otra manera. Sólo necesitamos ser lo bastante honestos para preguntarnos: ¿qué sé ya sobre el desenlace del camino por el que estoy andando?
Si hay algo que sé que lamentaré no haber reparado, ¿por qué esperar al arrepentimiento? Si hay una persona a la que sé que lamentaré no haberme acercado, ¿por qué esperar a la nostalgia? Si hay Torá que sé que lamentaré no haber estudiado, ¿por qué esperar a que pasen los años? Si hay una cualidad de la que sé hacia dónde me lleva, ¿por qué esperar hasta que se vuelva una parte más profunda de mi personalidad?
«Entenderían su final» no significa vivir en el final. Significa dejar que el final nos enseñe cómo vivir el medio.
Aquí volvería por un momento al hombre sentado frente al médico al comienzo. El médico le preguntó: «¿No entendiste?». Él respondió: «Entendí todo». Tal vez ésta sea una de las respuestas que menos queremos dar algún día sobre nuestra vida. No decir: no sabía. Sino decir: sabía que el tiempo era valioso, sabía que los hijos crecen, sabía que los padres no están aquí para siempre, sabía que las palabras dejan marcas, sabía que mis hábitos me construyen, sabía qué era realmente importante para mí, y aun así postergué la vida que sabía que quería vivir.
Frente a esa posibilidad, Moshé nos grita desde el cántico de Haazinu: «Si fueran sabios, comprenderían esto; entenderían su final».
No esperes a que el desenlace te demuestre que tenías razón en lo que ya sabías.
Si sabes que alguien es valioso para ti, haz que lo sepa hoy. Si sabes que algo necesita reparación, empieza hoy. Si sabes que hay algo que te aleja de la persona que quieres ser, no esperes a que se fortalezca. Y si sabes que existe algo bueno que quieres que acompañe tu vida, no lo deposites en manos de «algún día».
Porque la gran pregunta de la vida no es sólo qué supimos.
La pregunta es cuándo empezamos a vivir según lo que sabíamos.
Y quizá ésta sea la petición de Moshé a nosotros en Haazinu: no comprendas la vida sólo cuando la estés mirando hacia atrás. Toma un poco de la perspectiva del final, tráela a hoy y deja que cambie tu próxima elección.